HISTORIA DEL POBLAMIENTO EN LA REGIÓN DE WINIFREDA: DE LOS PRIMEROS ASENTAMIENTOS HUMANOS A LA CONSOLIDACIÓN DE UNA LOCALIDAD PAMPEANA
Los orígenes del poblamiento en la región que hoy ocupa Winifreda se remontan a miles de años atrás. Hace aproximadamente 8.600 años, grupos de cazadores-recolectores se asentaron en Casa de Piedra, sobre la margen norte del río Colorado, en el actual departamento Puelén. Cinco mil años atrás, otros grupos humanos eligieron la zona de Tapera Moreira, también a orillas del Colorado, en Lihué Calel.
Entre los años 3.700 y 3.000 a. P., la presencia humana se expandió hacia la laguna Chadilauquén, cerca de Embajador Martini, las sierras de Lihué Calel, la cuenca inferior del río Chadileuvú y el este provincial. Desde hace unos 3.000 hasta 1.000 años antes del presente, sociedades de cazadores-recolectores se establecieron en zonas como Chapalcó y Naicó, dentro del actual departamento Toay.
Con la llegada de los siglos XVI y XVII, los pueblos originarios que habitaban la región comenzaron a ser mencionados por los colonizadores europeos. Los españoles los denominaron “pampas”, aunque estos grupos se reconocían a sí mismos como Gününa Këna, y muchos investigadores los identifican como parte de los Tehuelches Septentrionales, propios del norte patagónico.
Hacia 1730 y hasta fines del siglo XVIII, los ranqueles se consolidaron como presencia dominante en el noroeste de la provincia. Su principal asentamiento fue Leubucó, cercano a la actual localidad de Victorica. Paralelamente, en la región de Salinas Grandes se establecieron los vorogas y más tarde, la influyente dinastía de los Curá.
Durante el siglo XIX, los registros documentales permiten identificar distintos puntos de ocupación indígena en el territorio que más tarde formaría parte de Winifreda. En 1806, durante su expedición desde Concepción (Chile) a Buenos Aires, Luis de la Cruz reportó la existencia de una comunidad liderada por el cacique Guenchullán, asentada en las márgenes de la laguna Loncoché, hoy conocida como “El Guanaco”. Al sur de la laguna salobre Loán Lauquen, se encontraba una importante fuente de agua dulce: los jagüeles, que fueron clave para la subsistencia de grupos humanos.
En el contexto de la Campaña del Desierto de 1879, la columna liderada por el General Hilario Lagos permaneció más de un mes en Luan Lauquen. Desde allí, capturaron a 14 “capitanejos”, entre ellos Tapayú y Catrenan, asociados a los toldos del lonko Pincén, en Malal. Precisamente en esa laguna —Malal, ubicada al oeste del lote 22— fue apresado en 1878 el cacique Vicente Catrenao Pincén, quien había organizado una comunidad de aproximadamente mil personas.
Estas comunidades se conectaban entre sí mediante una red de caminos indígenas, luego llamados rastrilladas, que unían lagunas, tolderías y jagüeles. A través de estas rutas, también circulaban bienes, mensajes y personas, consolidando una estructura territorial viva y dinámica.
Restos de su vida cotidiana han sido hallados en distintos puntos de la zona, revelando el uso de herramientas líticas como puntas de proyectil, raspadores, hachas, morteros y molinos, testigos materiales de las prácticas culturales que incluían la caza, la molienda y la elaboración de cerámica y vestimenta.
Con el avance del Estado nacional argentino sobre los territorios indígenas, hacia 1880 el gobierno de Nicolás Avellaneda concluyó las campañas militares que permitieron el reparto de tierras entre capitales privados. Uno de los beneficiarios fue Juan Drysdale, inversionista de origen escocés, quien recibió seis lotes de 10.000 hectáreas. En uno de ellos —el lote 18, fracción A, sección II— se fundaría, años más tarde, la localidad de Winifreda.
Antes de la fundación del pueblo, ya existía una “casa de negocios” perteneciente al comerciante español Jesús Porta, ubicada cerca de la laguna El Guanaco. Este paraje tenía una antigua importancia territorial: había sido transitado por rastrilladas indígenas y luego por carretas que unían Trenque Lauquen con la Laguna de Alles.
Tras la muerte de Drysdale en 1893, su hijo José Norman Drysdale heredó las tierras y comenzó a alquilarlas a colonos inmigrantes. Según el Boletín Oficial de 1948, los primeros en asentarse fueron Juan Kinter, Pablo Trays, y los hermanos Jacobo y Andrés Kasper. El nieto de Jacobo recordaba que sus abuelos, al llegar en 1894, acamparon en lo que hoy es el sitio del museo local, debiendo desmontar el terreno y traer agua desde largas distancias.
Hacia 1897 ya vivían varios criollos e indígenas en la zona conocida entonces como “El Quemado”. Comenzaban las primeras experiencias ganaderas, en las que también participaron integrantes de pueblos originarios dispersos, como el cacique Tripailao. Entre los primeros criollos registrados figuran nombres como Ventura Ávalo, Pedro Villega, Rosales, José Irigoyen, entre otros.
El crecimiento demográfico se aceleró entre 1900 y 1914, cuando llegaron olas migratorias transoceánicas al Territorio Nacional de La Pampa. A la región de Winifreda arribaron inmigrantes españoles, rusos (tanto judíos como alemanes del Volga), italianos, portugueses, polacos, sirios, árabes, ucranianos y alemanes.
Uno de los emprendimientos agrícolas más significativos fue la colonia «La Espiga de Oro», organizada por David Lerman en tierras de los Drysdale hacia 1909. Fue habitada por unas treinta familias de origen alemán, tanto católicas como protestantes.
El poblamiento urbano se consolidó lentamente. Uno de los primeros vecinos, José Astiazarán, recordaba que en 1913 Winifreda apenas contaba con diez viviendas. La propiedad de la tierra —que no se vendía, sino que se alquilaba— dificultaba la radicación estable. En esos primeros años vivían en el pueblo familias como las de Ramón Martínez, Manuel del Barco, Rafael Corral, Ángel Bustos, José Agote, Salomón Edelberg, Trifón Angulo, Pedro Médici, Arsenio y Arminio Martínez, entre otras.
El origen del nombre “Winifreda” se oficializó en diciembre de 1914, con la resolución que asignó ese nombre a la estación del ramal Valentín Gómez del ferrocarril. Se trataba de un homenaje a Winifred Maud Drysdale, hija del propietario de las tierras. A partir de entonces, la estación y el pueblo adoptaron esa denominación.
La estación ferroviaria fue un motor económico fundamental. Su edificio, de típica arquitectura inglesa, fue terminado hacia 1916. Además de las instalaciones para pasajeros y carga, contaba con salas de espera, oficinas administrativas, baños públicos y depósitos, lo que evidencia su relevancia logística.
En noviembre de 1917, el periodista Jaime Molins describió una escena elocuente: “La calle principal, se abre a lo largo de la vía, abarrotada de pequeños negocios: la fonda, la botica, la peluquería, el almacén. Más allá, la carnicería”.
El impacto poblacional fue considerable en las primeras décadas del siglo XX. Según el Censo de Territorios Nacionales de 1920, la zona rural de Winifreda contaba con 1.047 habitantes. En 1935, el número creció a 1.234 en el área urbana y 2.796 en la rural. Sin embargo, la crisis económica iniciada en 1937 provocó un fuerte éxodo: entre 1935 y 1942, más de 1.800 personas abandonaron la zona rural, muchas de ellas rumbo al pueblo, que sumó casi 500 nuevos habitantes. El Censo de 1947 evidenció la persistencia de la crisis: la población urbana descendió a 1.063 personas, registrándose así el punto más bajo en la historia demográfica de Winifreda.
